Su disposición para sufrir persecuciones por sus creencias, el alto carácter moral de los hombres que creyeron en él y lo respetaron como líder, y la grandeza de su logro, argumentan a favor de su integridad fundamental. Para suponer a Muhammad como un impostor ocasionaría más problemas que lo que ello solucionaría. Además, ninguna de las grandes figuras de la historia son tan apreciadas en el Oeste como Muhammad.
W. Montgomery, Mohammad at Mecca, Oxford, 1953, p. 52.